Debo admitir que duele cuando me ignoras
y que es derechamente tonto seguir sintiendo algo después de eso.
Al verte siento una esperanza aún más tonta
y de una manera imbécil pretendo asestarte un beso.
Una leve opresión en el pecho aparece al verte
y un idioma etéreo sin sonidos me dice que te anhelo.
El mensaje debe tener potencia y ser salvaje,
saltar sobre ti y despedazarte al son de un texto.
Veo las imágenes de pasados momentos perdidos
e imagino abrazarte en las fotos en las que estamos juntos.
Mi respiración se hace un poco más rápida y más profunda
y un suspiro invade el recorrido del silencio nocturno.
Imaginaba tomar tu mano y caminar sin dobles intenciones.
Jugar contigo como lo harían dos niños en vacaciones.
Imaginé tu blanca piel suave en un claro de luna,
apretar fuertemente con mis brazos tu delicada cintura.
Imaginé con mis versos escribir suaves caricias en tus contornos
y recitarlos tan cerca tuyo que mi aliento acariciara tu rostro.
Lo intenté, lo intenté con el alma,
pero simplemente no llamé tu atención,
fue sólo eso, y al romper ahora el alba
entiendo que simplemente esa es la razón.
Ahora en mis poemas habitas y caminas,
das vueltas de un lado a otro y tus ojos son de tinta.
Te mueves con mis letras, te alimentas de mi poesía,
hablas por mis manos y respiras en mis líneas.
Nunca imaginé tan vacío final.
No pensé que aquella historia podía terminar así.
Hoy escribo estos versos en completa soledad.
En completa soledad y a la vez pensando en ti.
César Caro Munizaga
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